- ¿Dónde vamos?
- A la undécima planta.
- Pero si tan solo hay diez...
- Nosotros la construiremos.
Después de que la metalizada puerta de aquel ascensor se hubo abierto al completo, ambos pudieron contemplar un rellano nunca antes edificado; y en él, una sola puerta. Consumida por el olvido y la pretérita nostalgia que ahora yacía una planta más abajo. "Entremos" - dice ella.
Aquel portazo dio la señal de que la batalla había comenzado. Una batalla más, de una guerra interminable; pero ahora ella iba más cargada de amor que nunca; y él, apenas contaba ya con un ejército y tan solo quédose con los más fuertes, habiendo dejado atrás los demás soldados. Tales como Miedo, Soledad, Desesperación... entre otros. Y, tratábase de una guerra en la que ya no importaba vencedor o vencido, tan solo el placer de pelear por unas horas y arrastrar tu vida a la encarnizada; y, todo lo que sucediera después, carecería de importancia.
Así pues, en cuanto la chica se hubo preparado para la consecuente, ambos se fundieron en el primer ataque; dejando petrificado el tiempo por tan solo unos segundos que más tarde quedarían reducidos a un recuerdo cada vez más deformado. Los golpes se sucedieron sin ningún tipo de preámbulo; y ellos se vieron presos una vez más de las garras de aquel caprichoso destino. Ella le arrastró hacia el suelo, el que ahora se conforma como el atrezo de aquel escenario, de aquella función, en la que nunca había público; pero siempre estaban todas las entradas vendidas. Actuaron desconociendo el guión del otro intérprete. Improvisaron. Se revolcaron sobre el frío suelo con sus ardientes cuerpos y ningún frío traspasó sus pieles.
La piel de ella. En la que su olor forma la atmósfera perfecta para vivir en ella. En la que él deseó perderse atravesando cada milímetro que se dispusiera como un camino y no pensar en llegar a lugar alguno, sino en la trayectoria. Y es su piel en la que se devolvió aquella batalla. Piel con la que él sueña. Su edén.
Al día siguiente no hubo más que un combatiente en el lugar; permaneciendo expectante al lugar en el que horas atrás se había desenvuelto aquella carnicería. Nada importa ya. Y la bandera blanca, enterrada. Con las sábanas aún con la silueta de sus cuerpos; conservando el calor de ellos. El calor de su amor.
Cerrado por vacaciones
Soñado por M a las 19:48 0 comentarios11.12.2011
Desde hace varios días tengo la sensación de no querer seguir escribiendo más en el blog. De no seguir inventando historias, y de no seguir plasmando algunos de mis sentimientos más visibles aquí. Alejarme de todo este mundillo que tantas alegrías y penas me ha dado en todo este tiempo. Y es que, mi inspiración tiene un límite. Tengo la sensación de que todas las cosas que quise decir, ya están dichas; y no quedan más por decir. Y es que siempre pensaba que lo que tenía que decir, o pensar, era infinito. Y por eso nunca me aterró la idea de dejar de publicar aquí. Pero últimamente siento que no tengo ganas de decir más nada. Dejar que todo siga su curso y que las palabras se formen solas en el aire, y no en papel.
Cada día entro a blogger, y miro las entradas nuevas que vais publicando día a día. Y sigo mirándolas esperando que alguien mencione algo que me haga estremecer en este sillón; y que me empuje a salir a la calle con una sonrisa. Pero las mismas palabras que pueden causarme esa sensación de vuelo, pueden propiciar también una situación de angustia, y decepción. Entonces, ¿qué?
Cada día entro a blogger, y miro las entradas nuevas que vais publicando día a día. Y sigo mirándolas esperando que alguien mencione algo que me haga estremecer en este sillón; y que me empuje a salir a la calle con una sonrisa. Pero las mismas palabras que pueden causarme esa sensación de vuelo, pueden propiciar también una situación de angustia, y decepción. Entonces, ¿qué?
La Reina de Cristal (1.era parte)
Soñado por M a las 23:51 0 comentarios11.10.2011
La historia que voy a contar trata, como no, de unos enamorados. No será la típica historia fácil, por supuesto que no, ¿qué emoción tendría? Como en el amor, la historia es de lo más complicada, y rozará la locura. Una locura que llega a estar enferma, y a ser centro. Centro del ser. Ser tan centro que abarca extremos. Procedo, sin más, a narrárosla tal y como salió de mí.
Pre~
Soñado por M a las 23:12 0 comentarios10.29.2011
Lo has vuelto a conseguir.
Has vuelto a crear en mi esa sensación que meses atrás sufría justo antes de saber que te iba a ver. Una sensación de nervios que encoge mi estómago, y me evita comer. Una sensación de que todo mi cuerpo se prepara para estar junto al tuyo; y de que mi cerebro comienza a pensar en qué voy a decirte, o qué voy a hacer. Intentar medir cada palabra para que todo salga bien y no parecer un idiota frente a ti.
Esa sensación de saber que estás viniendo ya, y que tan solo debo esperar al toque que me haga abrirte, y juntos atravesar la puerta de mi dormitorio, como tantas veces la cruzamos antes. Y una vez dentro, rodearte con mis brazos. Y entonces saber, que esas dos almas que se escaparon juntas, esas dos gotas de agua disolviéndose en la Ciudad de los Sueños, ese caballero, y esa princesa atrapada... están juntas en la misma habitación. Ya basta de cientos de sueños con esta escena. La escena es ahora, y es realidad.
Has vuelto a crear en mi esa sensación que meses atrás sufría justo antes de saber que te iba a ver. Una sensación de nervios que encoge mi estómago, y me evita comer. Una sensación de que todo mi cuerpo se prepara para estar junto al tuyo; y de que mi cerebro comienza a pensar en qué voy a decirte, o qué voy a hacer. Intentar medir cada palabra para que todo salga bien y no parecer un idiota frente a ti.
Esa sensación de saber que estás viniendo ya, y que tan solo debo esperar al toque que me haga abrirte, y juntos atravesar la puerta de mi dormitorio, como tantas veces la cruzamos antes. Y una vez dentro, rodearte con mis brazos. Y entonces saber, que esas dos almas que se escaparon juntas, esas dos gotas de agua disolviéndose en la Ciudad de los Sueños, ese caballero, y esa princesa atrapada... están juntas en la misma habitación. Ya basta de cientos de sueños con esta escena. La escena es ahora, y es realidad.
Lo has vuelto a conseguir.
Cuentos de castillos sin dragones
Soñado por M a las 19:08 0 comentarios10.28.2011
El silencio reinaba, como era ya habitual, en el dormitorio donde se encuentra presa. Mirando algún punto perdido de lo que es su cielo sin estrellas, mata a este silencio con los gritos de sus pensamientos. Aprieta los labios con dureza, haciendo parecer, desde el exterior, que está tomando una importante decisión.
Un mito la mantenía presa en su propio castillo. Ninguna fuerza, dragón, o ser superior impedían la marcha de lo que era su celda. Siempre pudo abandonar el castillo, para recorrer el mundo y vivir lo que serían las aventuras de los cuentos, repletas de momentos para el recuerdo y vivencias dignas de diario con anillas. Pero nunca se atrevió a cruzar la puerta. Pues años atrás había encontrado un libro, en los estantes de su vieja librería, que profería algún tipo de leyenda, en parte, maldita. Y es que, entre las líneas de aquel gran libro de tapa dura, se encontraba un mensaje que marcaría por siempre el rumbo de nuestra protagonista; haciéndola vivir en su propia desgracia. "Las puertas hacia tu mundo están abiertas -decía- puedes salir cuando desees. Pero el mundo que se cierne más allá de aquellas colinas no es el mundo con el que sueñas. Tan solo encontrarás el mundo de tus sueños cuando esa puerta no seas tú la que la abra, sino tu apuesto príncipe. Entonces encontrarás todo lo que soñaste en él."
Días que se antojaron años. Y horas que se antojaron lustros.
Nuevamente en aquella posición de reposo se encontraba, y con sus habituales pensamientos surcando el mar de su mente. Esperando, así, a su príncipe. Nunca se sintió la princesa nombrada por cuentos, y mucho menos tuvo la necesidad de un príncipe, y aún menos sintió que debía ser rescatada; pero su mundo estaba menguando, y tan solo le quedaban aquellas palabras en viejo papel. Palabras por las que soñaría cada una de las noches en su dormitorio, y palabras por las que habría matado para saber si eran tan ciertas como su dolor. Pero no podía hallar respuesta. Tan solo el tiempo, muerte lenta e irreversible, darían su respuesta.
Pero entonces, tras un espacio de tiempo que ni ella era capaz ya de medir, algo cambió en la mentalidad de la princesa. Ahogada en sus angustias, cansada del insípido presente, y queriendo leer el final del libro aún yendo por la mitad, decide emprender su camino hacia el exterior. Sabía que no era ella la que debía hacer ceder aquella puerta, pero su príncipe era tan lento como los segundos en soledad. Y sin coger nada, y con pasos firmes y manos temblorosas, se acercó hacia la puerta.
Un simple empujón fue suficiente para hacer que aquella gran puerta de visagras negras cediera, haciendo entrar así, en lo que era su "mundo" un poco de luz. Aquel segundo bastó, para que la chica imaginase que lo que profería aquel libro era falso, y que todas aquellas aventuras podría vivirlas sin la necesidad de aquella estúpida espera. Ante ella vislumbraba una verde colina, y árboles en su cima. Cielo azul, y flores preciosas firmaban el escenario a los pies de ella. Entonces miró hacia la derecha, junto a los muros de su castillo. Y a no más de dos metros de aquella puerta, se encontraba la figura de un hombre envuelto en pesadas cotas. Su casco de metal reposaba en el suelo, junto a su espada y escudo, y aún más en la lejanía era visible un caballo que corría libre por aquellos campos. Escrito sobre el torso de la armadura, con tinta negra, un número. La princesa, extrañada, le mira inquietamente, sin apartar la mirada de sus ojos. Él responde su mirada, y de su boca surge curvatura a la par que sus ojos se dirigían hacia el suelo, y su cuerpo entero se disponía a levantarse de aquel verde. Él se acerca a ella, aún con aquella pícara sonrisa, como si supiera que estaba pasando; todo lo contrario de ella. Entonces ella comienza a hablar:
- ¿Eres tú el príncipe por el que mi vida quedó reducida paulatinamente a una incierta espera en lo alto de mi castillo, por el que coarté toda mi vida en su tardía llegada, y que ahora se encuentra recto y burlón ante mí? ¿Por el que debía suspirar a cada segundo que pasaba deseando que llegase para librarme de mis males imaginarios producidos por la soledad fría de mi castillo? ¿Eres tú aquel que debía atravesar la puerta de mi dormitorio, extender su abrazo acabado en dedos extendidos hacia mí, invitando a fundir nuestras manos en una sola y con el que viviría cien mil aventuras?
Asiente él.
- ¡¿Y por qué descabellada razón - continúa ella - me encuentro al motivo de mis males esperando tumbado junto a mi puerta, disfrutando de la paz del verde mundo y con su caballo corriendo por mis tierras, en vez de abrir apresuradamente fácil puerta y llevarme con él?!
- ¿Y por qué no me fuiste a buscar vos, mi señora?
Un mito la mantenía presa en su propio castillo. Ninguna fuerza, dragón, o ser superior impedían la marcha de lo que era su celda. Siempre pudo abandonar el castillo, para recorrer el mundo y vivir lo que serían las aventuras de los cuentos, repletas de momentos para el recuerdo y vivencias dignas de diario con anillas. Pero nunca se atrevió a cruzar la puerta. Pues años atrás había encontrado un libro, en los estantes de su vieja librería, que profería algún tipo de leyenda, en parte, maldita. Y es que, entre las líneas de aquel gran libro de tapa dura, se encontraba un mensaje que marcaría por siempre el rumbo de nuestra protagonista; haciéndola vivir en su propia desgracia. "Las puertas hacia tu mundo están abiertas -decía- puedes salir cuando desees. Pero el mundo que se cierne más allá de aquellas colinas no es el mundo con el que sueñas. Tan solo encontrarás el mundo de tus sueños cuando esa puerta no seas tú la que la abra, sino tu apuesto príncipe. Entonces encontrarás todo lo que soñaste en él."
Días que se antojaron años. Y horas que se antojaron lustros.
Nuevamente en aquella posición de reposo se encontraba, y con sus habituales pensamientos surcando el mar de su mente. Esperando, así, a su príncipe. Nunca se sintió la princesa nombrada por cuentos, y mucho menos tuvo la necesidad de un príncipe, y aún menos sintió que debía ser rescatada; pero su mundo estaba menguando, y tan solo le quedaban aquellas palabras en viejo papel. Palabras por las que soñaría cada una de las noches en su dormitorio, y palabras por las que habría matado para saber si eran tan ciertas como su dolor. Pero no podía hallar respuesta. Tan solo el tiempo, muerte lenta e irreversible, darían su respuesta.
Pero entonces, tras un espacio de tiempo que ni ella era capaz ya de medir, algo cambió en la mentalidad de la princesa. Ahogada en sus angustias, cansada del insípido presente, y queriendo leer el final del libro aún yendo por la mitad, decide emprender su camino hacia el exterior. Sabía que no era ella la que debía hacer ceder aquella puerta, pero su príncipe era tan lento como los segundos en soledad. Y sin coger nada, y con pasos firmes y manos temblorosas, se acercó hacia la puerta.
Un simple empujón fue suficiente para hacer que aquella gran puerta de visagras negras cediera, haciendo entrar así, en lo que era su "mundo" un poco de luz. Aquel segundo bastó, para que la chica imaginase que lo que profería aquel libro era falso, y que todas aquellas aventuras podría vivirlas sin la necesidad de aquella estúpida espera. Ante ella vislumbraba una verde colina, y árboles en su cima. Cielo azul, y flores preciosas firmaban el escenario a los pies de ella. Entonces miró hacia la derecha, junto a los muros de su castillo. Y a no más de dos metros de aquella puerta, se encontraba la figura de un hombre envuelto en pesadas cotas. Su casco de metal reposaba en el suelo, junto a su espada y escudo, y aún más en la lejanía era visible un caballo que corría libre por aquellos campos. Escrito sobre el torso de la armadura, con tinta negra, un número. La princesa, extrañada, le mira inquietamente, sin apartar la mirada de sus ojos. Él responde su mirada, y de su boca surge curvatura a la par que sus ojos se dirigían hacia el suelo, y su cuerpo entero se disponía a levantarse de aquel verde. Él se acerca a ella, aún con aquella pícara sonrisa, como si supiera que estaba pasando; todo lo contrario de ella. Entonces ella comienza a hablar:
- ¿Eres tú el príncipe por el que mi vida quedó reducida paulatinamente a una incierta espera en lo alto de mi castillo, por el que coarté toda mi vida en su tardía llegada, y que ahora se encuentra recto y burlón ante mí? ¿Por el que debía suspirar a cada segundo que pasaba deseando que llegase para librarme de mis males imaginarios producidos por la soledad fría de mi castillo? ¿Eres tú aquel que debía atravesar la puerta de mi dormitorio, extender su abrazo acabado en dedos extendidos hacia mí, invitando a fundir nuestras manos en una sola y con el que viviría cien mil aventuras?
Asiente él.
- ¡¿Y por qué descabellada razón - continúa ella - me encuentro al motivo de mis males esperando tumbado junto a mi puerta, disfrutando de la paz del verde mundo y con su caballo corriendo por mis tierras, en vez de abrir apresuradamente fácil puerta y llevarme con él?!
- ¿Y por qué no me fuiste a buscar vos, mi señora?
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